Las Vacas del Pueblo

Por: Juan Diego Quintero

Pacho vivió en una burbuja mágica durante los años ochenta. Pero en los noventa empezó su calvario gracias a un hecho que ocurrió a más de ochocientos kilómetros del pueblo. 

Gonzalo Rodríguez Gacha




Las vacas del pueblo

Por: Juan Diego Quintero

Pacho vivió en una burbuja mágica durante los años ochenta. Pero en los noventa empezó su calvario gracias a un hecho que ocurrió a más de ochocientos kilómetros del pueblo. 

14 de diciembre de 1989.

Lucas entró a la taberna en la que había trabajado sus últimos cinco años de vida. En la plaza principal del pueblo, frente a la Alcaldía y al lado de la iglesia estaba Chihuahua, que era quizás el lugar preferido por los pachunos para tomar alcohol y escuchar música mexicana. Al entrar al bar hizo lo que hacía cada noche de trabajo: preparó una botella de aguardiente Cristal y una canasta de frutas. «Era mejor la seguridad que la policía», recuerda con nostalgia. Para entonces Pacho era un pueblo de no más de quince mil habitantes, donde todos se conocían con todos. Bastaba con caminar por la calle 8, rumbo a la plaza central, el lunes en la mañana para enterarse de lo que había pasado en las últimas horas. No era un pueblo normal, pues todos sus habitantes estaban armados y tenían suficiente dinero como para pagar 25.000 pesos por una gallina con papas.
A pesar de estar armado hasta los dientes, en Pacho no se perdía una moneda de 50 pesos ni se jalaba el gatillo de un arma. «Más de una vez dejé las ventanas del carro abajo y nunca se me perdió nada», dice Lucas. En el pueblo no hacía falta robar porque todo el mundo tenía buenos salarios, la delincuencia común no existía y nadie pasaba necesidades porque había tanto dinero que un jardinero ganaba lo mismo que un congresista. Sin previo aviso, “el patrón” entró a Chihuahua, subió las escaleras y caminó hacía el balcón con ventanas oscuras y marcos de madera que había en el segundo piso. Se sentó en el lugar que ocupaba siempre. Sacó de su cinturón el revolver con la imagen de Tupac Amarú y pidió lo de todas las veces. De inmediato, Lucas se abrió paso entre los hombres que cuidaban al capo del pueblo y dejó en la mesa la botella de aguardiente y la canasta de frutas. Esa fue la última vez que Gacha tomó en su bar y en Pacho.
Todas las personas del pueblo habían dejado sus antiguos laburos y empezaron a trabajar para el que era uno de los dos hombres más buscados del país. Algunos trabajaban de jardineros, otros de cuidanderos, unos de cocineros o como conductores y algunos, como Lucas, de meseros. Los pachunos pasaron de vivir de cultivar mandarinas y venderlas a muy bajo precio a ganarse carros que rifaba el patrón en medio de una borrachera. «Las vacas gordas habían llegado al pueblo».

Eso habría de recordar Lucas, 28 años después en medio de un café, cuando se reunió con sus amigos Jimmy y Arnoldo, y empezaron a recordar cómo era el pueblo cuando el bálsamo de la mala plata había acabado con el hambre.
—Arnoldo, ¿te acuerdas de ese inicio de novena por allá en el 89? —preguntó Lucas.
—Ojalá no me acordara, hermano —respondió.



16 de diciembre de 1989.

Arnoldo estaba en la tienda de la esquina que daba junto a cancha de micro fútbol, cuando le dijeron que algunas personas habían ido hasta Cuernavaca, la finca más grande que tenía el pueblo, a buscar guacas y a tumbar todas las construcciones. De inmediato supo que lo mejor que podía hacer era irse a la casa y quedarse ahí hasta que pasara un tiempo prudente. Corrió a su domicilio y esperó hasta que llegaran sus familiares y le contaran las últimas malas nuevas del pueblo, que no había terminado de recibir un golpe cuando ya le daban otro. Al cabo de unos minutos llegó una de sus tías y le dijo que los cabos sueltos se habían empezado a matar entre ellos. Las vacas de la violencia habían llegado a Pacho.
Durante más de diez años el pueblo estuvo controlado por el narcotráfico. A pesar de que el capo del negocio tenía guerras declaradas contra la DEA, la guerrilla, los esmeralderos, el Estado y el cartel de Cali nunca hubo ni un solo secuestro, ni una sola extorsión y mucho menos atentados a las casas de los habitantes. Pero esa estabilidad llegó a su fin desde el día anterior. «Aquí había mucho cabo suelto», asegura Arnoldo. La violencia en Pacho duró ocho años, en los cuales los lugartenientes de “El mexicano” se enfrentaron abiertamente y buscaron llevar la vida que tenía Gacha. Ninguno lo logró.
La gente pasó de vivir tranquila y con unos buenos sueldos a verse en condiciones difíciles, pues el trabajo se acabó y la plata cada vez era menos. Todas las personas volvieron a sus antiguos trabajos y dejaron a un lado esa mágica realidad que habían alcanzado a vivir gracias a la bonanza de la droga en Colombia. «Fueron años de mucho miedo e inestabilidad, pasamos de estar cagados de la risa y con los bolsillos llenos a estar rebuscándonos la plata y volviendo a lo que era nuestra vida», cuenta Arnoldo, quien se fue a prestar servicio militar porque el dinero no alcanzó para evitar ese trajín.

Eso habría de recordar Arnoldo, 28 años después mientras se tomaba un café en la cafetería Matilda y recordaba con sus amigos lo que había sido la buena vida que tenían antes de que a Gacha le llegara la mala hora.
—Si pudiera eliminar un día de la historia de este pueblo ¿cuál sería? —le preguntó Arnoldo a Jimmy en un tono de seriedad.
—El 15 de diciembre de ese año, sin duda. —sentenció.

15 de diciembre de 1989.

Era un viernes. Jimmy estaba tomando desde el jueves con unos amigos. Estaban en un local cerca de Chihuahua. Eran todos compañeros de trabajo, pues todos eran trabajadores cercanos a Gonzalo Rodríguez Gacha. Estaban un poco borrachos y empezaron a contar anécdotas que habían vivido con el patrón. «Gonzalo era todo un personaje», recuerda el que en ese entonces era el encargado de organizarle las fiestas a el capo. «Yo le organizaba las rumbas y las mozas», dice Jimmy. Con el cantar del primer pájaro y la llegada del primer rayo del sol, empezó a contar la vez en que el patrón logró comprar la Flota Rionegro en más de mil millones de pesos. «Me la vende ya en mil millones, o se la compro a la viuda en un mes a la mitad del precio», recuerda que fue lo que Gacha le dijo a Néstor Morales, quien esa misma noche firmó la entrega de la empresa.



La mañana trascurrió entre risas y recuerdos, todos tenían los tragos en la cabeza, pero no querían dejar de hablar de su vida, de lo que era, de lo que es y de lo que iba a seguir siendo. De manera inesperada, pasado el mediodía, las gargantas metálicas y las pantallas luminosas anunciaron la más triste noticia para Pacho y una de las más felices para Colombia. Jimmy y sus amigos, salieron corriendo del local que estaba en el centro comercial La Fuente. Bajaron a toda velocidad una cuadra y giraron a la izquierda. Entraron a la panadería Matilde. Los tragos se les habían caído del susto que sintieron. Parados frente al televisor, veían la noticia con sus propios ojos mientras sentían a decenas de personas entrar a la tienda para confirmar lo que decía todo el mundo. Las vacas del llanto y el dolor habían llegado al pueblo.
La suerte de Pacho se definió a más de 800 kilómetros de ahí. La operación Apocalipsis I acabó con la prosperidad del pueblo y el bienestar de todos los pachunos. «¡Jueputa! Mataron a patrón en Tolú por irse a ver con esa puta», decía Jimmy en repetidas ocasiones mientras una lágrima bajaba por su mejilla. Sin rumbo fijo, decidió irse a su casa y esconderse ahí hasta que la tristeza mermara y el pueblo entendiera que su gran líder no volvería. Al caer la noche nadie caminaba por la calle octava del pueblo. Todos estaban refugiados en sus hogares a la espera de que el cuerpo del fallecido capo regresara a Pacho para poder hacerle los honores merecidos.

Eso habría de recordar Jimmy, con una mirada consternada, pero a la vez orgullosa, sentado con sus amigos Arnoldo y Lucas, en el café Matilde. El mismo lugar donde veintiocho años antes la gente de Pacho se enteró que las vacas de la realidad iban camino al pueblo.

















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